Escribir un saluda por las fiestas de Moros y Cristianos en Crevillente es evocar la memoria de una historia singular, de unos acontecimientos anclados en nuestra Edad Media y que se resumen en una expresión tan certera como sugerente: la Reconquista. Durante los últimos días de septiembre y primeros de octubre, bajo los triunfales acordes de la música festera y envueltos en colores variopintos, Crevillente ve desfilar por sus calles a Marroquíes y Moros Viejos Tuaregs, Benimerines y Beduinos, Berberiscos y Omeyas: son el Bando Moro. También hacen sonar sus arcabuces los Maseros y Caballeros del Cid, Castellano–Leoneses y Dragones, Astures y Almogávares: integran el Bando Cristiano. Quien se acerque por vez primera a estos festejos, podrá pensar que existe un fuerte y enconado enfrentamiento entre ambas facciones. Nada más lejos de la realidad.
Son fiestas que, bajo el patrocinio de aquel gran santo medieval, Francisco de Asís, ayudan a dejar de lado viejos resentimientos, a alejar de la vista y el pensamiento lo que desune, lo que encrespa, para sustituirlo por un clima de encuentro fraternal y relaciones distendidas. No es casualidad que la Asociación de Moros y Cristianos tenga por anfitrión en estas fiestas patronales a San Francisco, de quien se ha dicho que es «el hombre más contento que jamás hubo en la tierra». Ojalá el poverello de Asís os contagie esa alegría sencilla y profunda, esa fe humilde y fuerte que transformó su existencia en evangelio de carne y hueso. La conocidísima oración que se atribuye a este santo debe ser un programa indicado para tener en cuenta en los actos que llevéis a cabo:
«Donde haya odio, ponga yo amor;
donde haya ofensa, ponga yo perdón;
donde haya discordia, ponga yo armonía;
donde haya error, ponga yo verdad;
donde haya duda, ponga yo fe;
donde haya desesperación, ponga yo esperanza;
donde haya tinieblas, ponga yo luz;
donde haya tristeza, ponga yo alegría.»
Donde haya odio, ponga yo amor. Resuenan en este verso con su eco las palabras de san Pablo, Apóstol de los Gentiles: «Como pueblo elegido de Dios, pueblo sacro y amado, sea vuestro uniforme: la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada» (Colosenses 3,12-14). San Francisco lo tuvo muy claro: lo fundamental es vivir el mandamiento nuevo, amar a los demás como Jesús nos ama a cada uno, sin distinción alguna, volcándonos en quien más necesita cercanía y consuelo. Las palabras que san Francisco estampó en su testamento son el colofón de una existencia gastada en favor de los cristos –pobres, leprosos, desesperanzados…–, con los que él se fue encontrando a lo largo de su paso por la vida. Dichas palabras del testamento son las que encabezan este saluda: «Vivir según la norma del santo evangelio».
El Papa Benedicto XVI termina de decir a los representantes de la familia franciscana que san Francisco «se comprendió totalmente a sí mismo a la luz del Evangelio. Esto es lo que fascina de él. Ésta es su perenne actualidad. Tomás de Celano refiere que el Poverello “llevaba siempre a Jesús en el corazón. Jesús en los labios, Jesús en los oídos, Jesús en los ojos, Jesús en las manos. Jesús presente siempre en todos sus miembros… Es más: si, estando de viaje, cantaba a Jesús o meditaba en él, muchas veces olvidaba que estaba de camino y se ponía a invitar a todas las criaturas a loar a Jesús” (1 Cel., II, 9, 115: FF, 115). Así el Poverello se convirtió en un Evangelio viviente, capaz de atraer a Cristo a hombres y mujeres de todo tiempo, especialmente a los jóvenes, que prefieren la radicalidad a las medias tintas»1. En su tercera encíclica, el Santo Padre incide en la centralidad del amor y la verdad, si queremos que nuestra fe y vida cristianas sean auténticas y fructíferas:
«La caridad en la verdad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal y, sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad. El amor –caritas– es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz. Es una fuerza que tiene su origen en Dios, Amor eterno y Verdad absoluta… Defender la verdad, proponerla con humildad y convicción y testimoniarla en la vida son formas exigentes e insustituibles de la caridad.»2
Que la lectura sosegada de estas palabras os ayuden a celebrar con hondura y sentido cristiano vuestras fiestas patronales. La grandiosidad y esplendor de estos festejos son un espejo que puede reflejar, sobre todo en los más jóvenes, la búsqueda de Dios, escondida y latente en el camino de lo bello, lo verdadero y lo bueno. Sé que cuidáis con esmero y meticulosidad la belleza externa de vuestros desfiles –y de los demás momentos que vivís en torno a ellos–. Os pido, al mismo tiempo, que promováis en vuestras actividades todo lo que favorezca el bien común, no sólo el de unos pocos. Lo lograréis si estáis abiertos, en todo momento, a los más necesitados y a los que viven lejos. Se trata de que la belleza no sea sólo un barniz somero que disimula los errores, las grietas, lo feo y tosco, sino de que el Evangelio impregne de novedosa belleza todo vuestro ser y, por lo mismo, vuestro comportamiento y vuestros proyectos de futuro.
Contáis, para ello, con el inestimable ejemplo de san Francisco de Asís. Conoced, profundizad, contemplad la vida ejemplar de este gran amigo de Jesucristo, e imitad su ejemplo, para dejar también en herencia a vuestros jóvenes y niños «un espejo de lo divino» en el que, viendo vuestras acciones, comprendan que vale la pena vender todo lo superfluo para adquirir el tesoro más importante, el único que tiene valor: la fe en Jesucristo.
Mi bendición y mis felicitaciones para los que organizáis, preparáis y disfrutáis las gozosas fiestas de Moros y Cristianos, y también para quienes, en estos días, serán recibidos en Crevillente para celebrarlas con vosotros.
Rafael Palmero Ramos Obispo de Orihuela – Alicante
1 Benedicto xvi, Discurso a la familia franciscana, 18 de abril de 2009.
2 Benedicto xvi, Caritas in veritate, 1.




















