Artículo Asesor Religioso
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Me has regalado hermanos

San Francisco y la fraternidad que tanto anhelamos

 

Uno de los grandes ideales es que la humanidad

fuera una auténtica fraternidad.

No se trata sólo de un valor cristiano sino

que la misma sociedad actual lo tiene asumido.

La época que en 1789 abre la Revolución Francesa

comienza con el grito de “Libertad, Igualdad y

Fraternidad”, aunque en el momento presente

quizás pese más y sea más atractiva la libertad

que la igualdad y la fraternidad. Leyendo el libro

de Jose Luis Parada “Francisco y el respeto a la

vida” he encontrado una exposición sobre la fraternidad

franciscana que me ha parecido muy

pertinente y voy a intentar expresar en las líneas

siguientes.

Francisco vive en constante acción de gracias

a Dios por los muchos dones que él percibe

como regalos de su Señor. Pero hay tres dones

que él considera como “los tres dones mayores”.

Uno de ellos es la fraternidad franciscana, los

hermanos de su comunidad, hombres concretos

y pecadores pero auténtico regalo y expresión

del amor del Sumo Bien.

Cuando Francisco expone el estilo de vida

que han de llevar sus seguidores, sitúa ahí la vivencia

de la fraternidad, con dos notas previas a

destacar:

- Este estilo de vida que él propone no es sólo

para sus “hermanos franciscanos”, sino que es

el camino normal de cualquier cristiano que lo

quiera ser de verdad.

- No es el camino que brota de unos mandamientos

o de unas imposiciones externas, sino la vida

que brota desde el interior del propio corazón

cuando uno se ha encontrado con Jesús y ha

tenido experiencia de Dios.

Tras estas dos notas entramos en las manifestaciones

de la fraternidad que San Francisco

apunta han de darse en la vida diaria y que vamos

a sintetizar en este decálogo que luego comentaremos

con brevedad: el servicio (1), la manifestación

del afecto (2), el diálogo (3), la aceptación

(4), la comprensión (5), la corrección sin herir (6),

el reconocimiento de errores (7), el perdón (8), la

ayuda al necesitado (9), y la fe (10).

 

1. El servicio.

Para Francisco “servir” signifi caba ante

todo una peculiar actitud ante Dios o una especial

relación con él. “Servir a Dios” está íntimamente

ligado a “convertir permanente el corazón”, con

una conversión que se expresa externamente en

un comportamiento nuevo. Este servicio a Dios

capitaliza toda la existencia de la persona. Francisco

quiere que todo el hombre entre con todo su

ser y de la mejor forma que pueda al servicio de

Dios. La prioridad absoluta de Dios en la vida del

hombre exige la totalidad de este a su servicio.

Cuando Francisco piensa en el servicio a

Dios, piensa también en el servicio al ser humano.

Servir a Dios no es para él una evasión de la

realidad; todo lo contrario, implica un compromiso

concreto con las personas y singularmente

con los más marginados de la sociedad, con los

dolientes del mundo. En este sentido es muy signifi

cativa la lectura que él hace del pasaje evangélico

del juicio fi nal, cuando venga el Hijo del

Hombre y se identifi que con los hambrientos,

con los desnudos, los enfermos, etc. (cf. Mt 25,

31-46).

El servicio fraterno tiene una manifestación

concreta en el servicio de los hermanos enfermos.

Francisco dejó unas disposiciones muy claras al

respecto y con fundamentación evangélica: “Si

alguno de los hermanos cayere en enfermedad,

dondequiera que estuviere, los otros hermanos

no lo abandonen, sino que se designe a uno de

los hermanos o más, si fuere necesario, para que

le sirva, ‘como quisieran ellos ser servidos’ (Mt 7,

12)” (San Francisco).

Francisco quiere que los hermanos sean menores,

servidores de todos, con un humilde servicio

(minoridad). Sumisos a toda criatura por Dios,

debemos presentarnos individual y comunitariamente

como servidores, a quienes nadie teme,

porque buscan servir y no dominar ni imponerse

especialmente para fi nes espirituales. Impulsados

por San Francisco, los franciscanos sienten la urgencia

de edifi car la fraternidad. La vida fraterna,

la comunión, es ya realidad, porque el Espíritu de

Dios ha sido derramado en nuestros corazones;

pero no es menos verdad el “todavía no”, lo inacabado

de la fraternidad, pues ella no ha de ser

comprendida estáticamente como algo ya hecho,

sino como algo que se está desarrollando o deshaciendo,

que camina o que puede retroceder.

 

2. La manifestación del afecto.

La fraternidad franciscana no es sólo vivir

juntos, orientados hacia la misma meta y ayudándonos

para alcanzarla, sino que además impele a

volvernos los unos hacia los otros para amarnos

mutuamente, según el ejemplo y el mandamiento

que Cristo nos dejó. Debemos considerarnos

como hermanos, reverenciarnos mutuamente,

manifestarnos con sencillez nuestras necesidades,

prestarnos los más humildes servicios, evitar

las disputas, las murmuraciones, la cólera, los

juicios negativos; en una palabra, debemos amarnos

de obra y no de palabra solamente, y eso con

la ternura de una madre para con sus hijos. La

fraternidad franciscana, al ser apertura total al

otro, es necesariamente convivencia desde todo

y para todo, como lo es la eucaristía, su signo y

su fuente. Por eso, todo en ella es “comunional”,

y su alimento no puede ser otro que la comunión,

que la celebración eucarística es y hace.

 

3. El diálogo.

La palabra “diálogo” no fi gura en el vocabulario

de Francisco, pero si que habla de algunas

actitudes que apuntan en la línea del diálogo.

La primera es una actitud interior expresada

en la benevolencia, querer bien al otro, y

de dulzura, que es el rostro de la humildad. Ser

“agradables” y “amables” en las relaciones, practicar

respecto a todos la cortesía. Estos valores

excluyen todo juicio negativo, como también las

palabras de proselitismo o agresivas que de él se

deducen.

Estos principios sobre el comportamiento

que se debe tener los lleva Francisco a las situaciones

concretas. Así, la benevolencia, la acogida,

la dulzura, se refi eren a todas las personas,

sean buenas o malas. “Y todo aquel que venga a

ellos, amigo o adversario, ladrón o bandido, sea

acogido benignamente” (San Francisco).

Las normas mínimas franciscanas del diálogo

piden:

  • a) sinceridad en las palabras;
  • b) serenidad en el ánimo;
  • c) actitud abierta para aceptar la verdad delotro;
  • d) respeto por la verdad ajena;
  • e) claridad en las expresiones;
  • f) saber escuchar con silencio y respeto;
  • g) eliminar los prejuicios que impiden el cambiode opinión.

La síntesis franciscana del diálogo puede

expresarse en estos rasgos agustinianos:

buscar la unidad en lo fundamental,

respetar la libertad en lo dudoso,

y amar siempre y en todo a todos.

Haz de tu comunicación con el otro un don

y no esperes a que los otros se abran a ti.

 

4. La aceptación.

El valor de la aceptación empieza en uno

mismo, pero necesita prolongarse en el otro y

desembocar en la convivencia familiar.

- Buscar la verdad sobre sí mismo.

Buscar la verdad sobre uno mismo es decidir

a abrirse a los propios talentos, cualidades y

aspiraciones en crecimiento, y así desarrollarlas

conscientemente. Es decidirme a ir desmantelando

poco a poco mis defensas para

descubrir, a partir de los síntomas, la herida

que me corroe y me impide desarrollarme

con alegría y armonía, superando el temor a

perder mi imagen y la repugnancia abandonar

mis ilusiones. Para no ver esa herida que

tanto daño me hace he tenido que enterrar la

cabeza en un mundo oscuro en el que no veo

ni lo bello ni lo feo. Me resisto a encender la

luz de mi interior, aunque tenga que andar a

tientas. Pero así no se puede disfrutar plenamente

de su belleza ni evitar las trampas que

encierra; así tropiezo con los obstáculos sin

poder evitarlos, porque no los veo venir ni sé

de qué naturaleza son. Y continúo y vuelvo

a empezar, pasando al lado de la belleza y

recayendo en los mismos sufrimientos.

Pero no basta solo conocerse a sí mismo,

aunque sea un valor. Es la base para lanzar

nuestro ser en la órbita de la vida: “Si quieres

conocerte, observa la conducta de los demás;

si quieres conocer a los demás, mira en tu propio

corazón” (F.Schiller).

- Aceptar la verdad sobre uno mismo. La verdad

libera en la medida en que se la acepta.

Verla es una cosa; aceptarla otra. Mi vida puede

iluminarse, pero eso no quiere decir que

no me entren ganas de apagar la luz. Tomar

conciencia de que me han amputado un pie

no quiere decir que acepte la situación: resignarme

no es aceptarlo, y negarme a aceptarlo

no hará crecer el pie.

La persona humilde reconoce que no es

peor o mejor de lo que es. Ser humilde no

es desvalorizarse o fi ngir no ser nada; es simplemente,

ser quien soy, sin añadir ni quitar

nada. Estamos en manos de Dios, Sumo Bien

y Altísimo Bien. Es necesaria mucha humildad

para hablar con naturalidad de las propias

cualidades, así como para revelar a los

demás las limitaciones personales. Así no se

cultiva una imagen irreal, sino la personalidad

única e irrepetible, y puede desarrollarse.

Todo lo que se edifi que al margen de la realidad

personal será máscara, y completamente

opuesto a la humildad, que es la aceptación

total de la verdad.

 

5. La comprensión.

Sólo mediante el ejercicio de la comprensión

podemos recibir el mensaje de los otros de

un modo nítido, sin interferencia de ninguna

clase. Si en las relaciones humanas no estamos

asistidos por la comprensión, podemos caer en

la trampa de percibir un mensaje distorsionado

mediante un fi ltro demasiado sensible del sentimiento

y de la emoción.

Comprender es amar al otro, adaptándonos

a sus singulares características como ser humano

único e irrepetible. Siguiendo a San Francisco podemos

afi rmar que no se puede conocer a fondo

a la persona sin amarla. Desde una perspectiva

franciscana se trata de cultivar la empatía o el

“ponerse en los zapatos del otro”.

 

6. La corrección sin herir.

“Dichoso el siervo que soporta la advertencia,

la acusación y la reprensión que le viene

de otro con la misma paciencia que si le viniera

de él mismo” (San Francisco). Bien mirado, deberíamos

ser nosotros mismo quienes nos advirtiéramos,

acusáramos y reprendiéramos; es

decir, deberíamos ser autocríticos, pero como

habitualmente no queremos o no podemos ser

autocríticos, no nos queda más remedio que

aceptar con paciencia el que otros nos critiquen.

¡Y ahí está el problema! porque teóricamente

consideramos que las correcciones son

necesarias, y cuando afectan a otras personas

casi siempre nos parecen pertinentes y oportunas,

pero si van dirigidas a nosotros no las

aceptamos con gusto.

A este respecto el ideal franciscano es que

la corrección fraterna sea constructiva, oportuna,

pocas veces y con suavidad en la crítica. La corrección

fraterna es tan necesaria como difícil de

practicar, porque supone un minucioso trabajo

de purifi cación, de aceptación en humildad y reconocimiento

agradecido.

 

El reconocimiento 7. reconocimiento de errores.

Esta actitud tiene como complemento el pedir

perdón por las ofensas y omisiones: prontitud

en disculparse, reconocer los errores con elegancia,

pedir disculpas al notar que el prójimo se

sintió ofendido y no insistir en justifi carse como

si el otro fuera “el malo” y yo “el bueno” de la

película.

 

8. El perdón: don permanente.

El perdón tiene que ver con la experiencia

de los límites propios y de los otros, de la

inevitabilidad de los errores y de la realidad de

algunas culpas. Pronunciar el vocablo “perdón”

puede considerarse desde una doble dimensión:

la de aprender a pedir perdón y la capacidad

de dar perdón, de perdonar. Las dos sendas son

importantes. En el espíritu franciscano atañen a

la paz y a la reconciliación entre los seres humanos.

El perdón nos da la oportunidad de empezar

de nuevo, de no ser esclavos de nuestra biografía.

Perdonar al alimón es un gesto cristiano y

humano. “Errar es humano, perdonar es divino”.

Perdonarse y perdonar es amarse y amar.

Como Francisco, reconocerse mayor que la culpa

o el error. Perdonar consiste en aceptar toda

la historia personal, sin eliminar ningún detalle.

Autodecirse perdón a sí mismo es autosaberse

humano, limitado, fruto de la elección y la circunstancia,

y radicalmente centrado en Dios.

Perdonarse es renunciar al sufrimiento doloroso

de la autoagresión, cuando torturamos nuestro

yo con pensamientos y emociones dolorosas

que generan mucho sentimiento de culpabilidad.

Perdonarse es fi arse de Dios y fi arnos de

nosotros mismos, de lo queridos que somos por

Dios a pesar de nuestras limitaciones y nuestros

errores.

Perdonar es acoger al otro, sabiendo que es

mayor que sus actos, comprendiéndole en lo más

profundo.

 

9. La ayuda al necesitado.

Para el franciscanismo no existe otra sabiduría

que la que nace de una opción decidida y

consciente por Dios, de donde brota espontáneamente

la opción por el prójimo, la decisión de

responsabilizarse en el servicio al hermano.

Cristo acerca al hombre a otro hombre. Le

impele a encontrar al leproso, al marginado, al

necesitado. El hermano necesitado es el sacramento

de Cristo para la conversión.

San Francisco besó al leproso, pero el leproso

besó a Francisco. Seguramente recibió más

Francisco con la pobreza del necesitado que el

leproso con el beso de san Francisco.

¿Cómo ayudar al otro, al prójimo? Mediante

el servicio desinteresado que hoy se comprende

como promoción y liberación para que el otro

camine.

 

10. La fe, fuente de felicidad.

La fraternidad vivida y promovida por san

Francisco no nace de una ideología o de una fi -

losofía, de un pensamiento o una concepción del

mundo. La fraternidad de san Francisco nace de

la fe entendida en el sentido genuino del evangelio:

la fe que brota del encuentro con alguien,

del encuentro con Jesús, del encuentro con Dios,

y desde ese encuentro se vive una experiencia de

novedad, de confi anza en alguien que da consistencia

y luminosidad a la vida, entendida desde

ese momento como amor, servicio y fraternidad

sobre el fondo de un Dios que se experimenta

como “amor” y como “cercanía” y que nos empuja

a su vida de plenitud y felicidad encarnando

en nuestra aventura humana concreta de todos

los días ese amor y esa fraternidad.

 

MIGUEL RIQUELME POMARES

Asesor religioso de la Asociación

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