Artículo de nuestro asesor religioso Miguel Riquelme Pomares
Me has regalado hermano San Francisco la fraternidad que tanto anhelamos
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Me has regalado hermano San Francisco la fraternidad que tanto anhelamos.

Uno de los grandes ideales es que la humanidad fuera una auténtica fraternidad. No se trata sólo de un valor cristiano sino que la misma sociedad actual lo tiene asumido. La época que en 1789 abre la Revolución Francesa comienza con el grito de “Libertad, Igualdad y Fraternidad”, aunque en el momento presente quizás pese más y sea más atractiva la libertad que la igualdad y la fraternidad.

Leyendo el libro de José Luis Parada “Francisco y el respeto a la vida” he encontrado una exposición sobre la fraternidad franciscana que me ha parecido muy pertinente y voy a intentar expresar en las líneas siguientes.

Francisco vive en constante acción de gracias a Dios por los muchos dones que él percibe como regalos de su Señor. Pero hay tres dones que él considera como “los tres dones mayores”. Uno de ellos es la fraternidad franciscana, los hermanos de su comunidad, hombres concretos y pecadores pero auténtico regalo y expresión del amor del Sumo Bien. Cuando Francisco expone el estilo de vida que han de llevar sus seguidores, sitúa ahí la vivencia de la fraternidad, con dos notas previas a destacar:

  • Este estilo de vida que él propone no es sólo para sus “hermanos franciscanos”, sino que es el camino normal de cualquier cristiano que lo quiera ser de verdad.

  • No es el camino que brota de unos mandamientos o de unas imposiciones externas, sino la vida que brota desde el interior del propio corazón cuando uno se ha encontrado con Jesús y ha tenido experiencia de Dios.

Tras estas dos notas entramos en las manifestaciones de la fraternidad que San Francisco apunta han de darse en la vida diaria y que vamos a sintetizar en este decálogo que luego comentaremos con brevedad: el servicio (1), la manifestación del afecto (2), el diálogo (3), la aceptación (4), la comprensión (5), la corrección sin herir (6), el reconocimiento de errores (7), el perdón (8), la ayuda al necesitado (9), y la fe (10).

  1. El servicio. Para Francisco “servir” significaba ante todo una peculiar actitud ante Dios o una especial relación con él. “Servir a Dios” está íntimamente ligado a “convertir permanente el corazón”, con una conversión que se expresa externamente en un comportamiento nuevo. Este servicio a Dios capitaliza toda la existencia de la persona. Francisco quiere que todo el hombre entre con todo su ser y de la mejor forma que pueda al servicio de Dios. La prioridad absoluta de Dios en la vida del hombre exige la totalidad de este a su servicio.

    Cuando Francisco piensa en el servicio a Dios, piensa también en el servicio al ser humano. Servir a Dios no es para él una evasión de la realidad; todo lo contrario, implica un compromiso concreto con las personas y singularmente con los más marginados de la sociedad, con los dolientes del mundo. En este sentido es muy significativa la lectura que él hace del pasaje evangélico del juicio final, cuando venga el Hijo del Hombre y se identifique con los hambrientos, con los desnudos, los enfermos, etc. (cf. Mt 25, 31-46). El servicio fraterno tiene una manifestación concreta en el servicio de los hermanos enfermos. Francisco dejó unas disposiciones muy claras al respecto y con fundamentación evangélica: “Si alguno de los hermanos cayere en enfermedad, dondequiera que estuviere, los otros hermanos no lo abandonen, sino que se designe a uno de los hermanos o más, si fuere necesario, para que le sirva, ‘como quisieran ellos ser servidos’ (Mt 7, 12)” (San Francisco).

    Francisco quiere que los hermanos sean menores, servidores de todos, con un humilde servicio (minoridad). Sumisos a toda criatura por Dios, debemos presentarnos individual y comunitariamente como servidores, a quienes nadie teme, porque buscan servir y no dominar ni imponerse especialmente para fines espirituales. Impulsados por San Francisco, los franciscanos sienten la urgencia de edificar la fraternidad. La vida fraterna, la comunión, es ya realidad, porque el Espíritu de Dios ha sido derramado en nuestros corazones; pero no es menos verdad el “todavía no”, lo inacabado de la fraternidad, pues ella no ha de ser comprendida estáticamente como algo ya hecho, sino como algo que se está desarrollando o deshaciendo, que camina o que puede retroceder. 

  2. La manifestación del afecto. La fraternidad franciscana no es sólo vivir juntos, orientados hacia la misma meta y ayudándonos para alcanzarla, sino que además impele a volvernos los unos hacia los otros para amarnos mutuamente, según el ejemplo y el mandamiento que Cristo nos dejó. Debemos considerarnos como hermanos, reverenciarnos mutuamente, manifestarnos con sencillez nuestras necesidades, prestarnos los más humildes servicios, evitar las disputas, las murmuraciones, la cólera, los juicios negativos; en una palabra, debemos amarnos de obra y no de palabra solamente, y eso con la ternura de una madre para con sus hijos. La fraternidad franciscana, al ser apertura total al otro, es necesariamente convivencia desde todo y para todo, como lo es la eucaristía, su signo y su fuente. Por eso, todo en ella es “comunional”, y su alimento no puede ser otro que la comunión, que la celebración eucarística es y hace.

  3. El diálogo. La palabra “diálogo” no fi gura en el vocabulario de Francisco, pero sí que habla de algunas actitudes que apuntan en la línea del diálogo. La primera es una actitud interior expresada en la benevolencia, querer bien al otro, y de dulzura, que es el rostro de la humildad. Ser “agradables” y “amables” en las relaciones, practicar respecto a todos la cortesía. Estos valores excluyen todo juicio negativo, como también las palabras de proselitismo o agresivas que de él se deducen.

    Estos principios sobre el comportamiento que se debe tener los lleva Francisco a las situaciones concretas. Así, la benevolencia, la acogida, la dulzura, se refieren a todas las personas, sean buenas o malas. “Y todo aquel que venga a ellos, amigo o adversario, ladrón o bandido, sea acogido benignamente” (San Francisco). Las normas mínimas franciscanas del diálogo piden:

    1. Sinceridad en las palabras;

    2. Serenidad en el ánimo;

    3. Actitud abierta para aceptar la verdad del otro;

    4. Respeto por la verdad ajena;

    5. Claridad en las expresiones;

    6. Saber escuchar con silencio y respeto;

    7. Eliminar los prejuicios que impiden el cambio de opinión.

    La síntesis franciscana del diálogo puede expresarse en estos rasgos agustinianos:

    • Buscar la unidad en lo fundamental

    • Respetar la libertad en lo dudoso

    • Amar siempre y en todo a todos.

    • Haz de tu comunicación con el otro un don y no esperes a que los otros se abran a ti. 

  4. La aceptación. El valor de la aceptación empieza en uno mismo, pero necesita prolongarse en el otro y desembocar en la convivencia familiar.

    • Buscar la verdad sobre sí mismo. Buscar la verdad sobre uno mismo es decidir a abrirse a los propios talentos, cualidades y aspiraciones en crecimiento, y así desarrollarlas conscientemente. Es decidirme a ir desmantelando poco a poco mis defensas para descubrir, a partir de los síntomas, la herida que me corroe y me impide desarrollarme con alegría y armonía, superando el temor a perder mi imagen y la repugnancia abandonar mis ilusiones. Para no ver esa herida que tanto daño me hace he tenido que enterrar la cabeza en un mundo oscuro en el que no veo ni lo bello ni lo feo.

      Me resisto a encender la luz de mi interior, aunque tenga que andar a tientas. Pero así no se puede disfrutar plenamente de su belleza ni evitar las trampas que encierra; así tropiezo con los obstáculos sin poder evitarlos, porque no los veo venir ni sé de qué naturaleza son. Y continúo y vuelvo a empezar, pasando al lado de la belleza y recayendo en los mismos sufrimientos. Pero no basta solo conocerse a sí mismo, aunque sea un valor. Es la base para lanzar nuestro ser en la órbita de la vida: “Si quieres conocerte, observa la conducta de los demás; si quieres conocer a los demás, mira en tu propio corazón” (F.Schiller).

    • Aceptar la verdad sobre uno mismo. La verdad libera en la medida en que se la acepta. Verla es una cosa; aceptarla otra. Mi vida puede iluminarse, pero eso no quiere decir que no me entren ganas de apagar la luz. Tomar conciencia de que me han amputado un pie no quiere decir que acepte la situación: resignarme no es aceptarlo, y negarme a aceptarlo no hará crecer el pie. La persona humilde reconoce que no es peor o mejor de lo que es. Ser humilde no es desvalorizarse o fingir no ser nada; es simplemente, ser quien soy, sin añadir ni quitar nada. Estamos en manos de Dios, Sumo Bien y Altísimo Bien. Es necesaria mucha humildad para hablar con naturalidad de las propias cualidades, así como para revelar a los demás las limitaciones personales. Así no se cultiva una imagen irreal, sino la personalidad única e irrepetible, y puede desarrollarse. Todo lo que se edifique al margen de la realidad personal será máscara, y completamente opuesto a la humildad, que es la aceptación total de la verdad. 

  5. La comprensión. Sólo mediante el ejercicio de la comprensión podemos recibir el mensaje de los otros de un modo nítido, sin interferencia de ninguna clase. Si en las relaciones humanas no estamos asistidos por la comprensión, podemos caer en la trampa de percibir un mensaje distorsionado mediante un filtro demasiado sensible del sentimiento y de la emoción. Comprender es amar al otro, adaptándonos a sus singulares características como ser humano único e irrepetible. Siguiendo a San Francisco podemos afirmar que no se puede conocer a fondo a la persona sin amarla. Desde una perspectiva franciscana se trata de cultivar la empatía o el “ponerse en los zapatos del otro”. 

  6. La corrección sin herir. “Dichoso el siervo que soporta la advertencia, la acusación y la reprensión que le viene de otro con la misma paciencia que si le viniera de él mismo” (San Francisco). Bien mirado, deberíamos ser nosotros mismo quienes nos advirtiéramos, acusáramos y reprendiéramos; es decir, deberíamos ser autocríticos, pero como habitualmente no queremos o no podemos ser autocríticos, no nos queda más remedio que aceptar con paciencia el que otros nos critiquen. ¡Y ahí está el problema! porque teóricamente consideramos que las correcciones son necesarias, y cuando afectan a otras personas casi siempre nos parecen pertinentes y oportunas, pero si van dirigidas a nosotros no las aceptamos con gusto.

    A este respecto el ideal franciscano es que la corrección fraterna sea constructiva, oportuna, pocas veces y con suavidad en la crítica. La corrección fraterna es tan necesaria como difícil de practicar, porque supone un minucioso trabajo de purificación, de aceptación en humildad y reconocimiento agradecido.

  7. El reconocimiento de errores. Esta actitud tiene como complemento el pedir perdón por las ofensas y omisiones: prontitud en disculparse, reconocer los errores con elegancia, pedir disculpas al notar que el prójimo se sintió ofendido y no insistir en justificarse como si el otro fuera “el malo” y yo “el bueno” de la película. 

  8. El perdón permanente. El perdón tiene que ver con la experiencia de los límites propios y de los otros, de la inevitabilidad de los errores y de la realidad de algunas culpas. Pronunciar el vocablo “perdón” puede considerarse desde una doble dimensión: la de aprender a pedir perdón y la capacidad de dar perdón, de perdonar. Las dos sendas son importantes. En el espíritu franciscano atañen a la paz y a la reconciliación entre los seres humanos. El perdón nos da la oportunidad de empezar de nuevo, de no ser esclavos de nuestra biografía. Perdonar al alimón es un gesto cristiano y humano. “Errar es humano, perdonar es divino”. Perdonarse y perdonar es amarse y amar. Como Francisco, reconocerse mayor que la culpa o el error. Perdonar consiste en aceptar toda la historia personal, sin eliminar ningún detalle.

    Autodecirse perdón a sí mismo es autosaberse humano, limitado, fruto de la elección y la circunstancia, y radicalmente centrado en Dios. Perdonarse es renunciar al sufrimiento doloroso de la autoagresión, cuando torturamos nuestro yo con pensamientos y emociones dolorosas que generan mucho sentimiento de culpabilidad. Perdonarse es fiarse de Dios y fiarnos de nosotros mismos, de lo queridos que somos por Dios a pesar de nuestras limitaciones y nuestros errores. Perdonar es acoger al otro, sabiendo que es mayor que sus actos, comprendiéndole en lo más profundo.

  9. La ayuda al necesitado. Para el franciscanismo no existe otra sabiduría que la que nace de una opción decidida y consciente por Dios, de donde brota espontáneamente la opción por el prójimo, la decisión de responsabilizarse en el servicio al hermano. Cristo acerca al hombre a otro hombre. Le impele a encontrar al leproso, al marginado, al necesitado. El hermano necesitado es el sacramento de Cristo para la conversión. San Francisco besó al leproso, pero el leproso besó a Francisco. Seguramente recibió más Francisco con la pobreza del necesitado que el leproso con el beso de san Francisco. ¿Cómo ayudar al otro, al prójimo? Mediante el servicio desinteresado que hoy se comprende como promoción y liberación para que el otro camine. 

  10. La fe, fuente de felicidad. La fraternidad vivida y promovida por san Francisco no nace de una ideología o de una filosofía, de un pensamiento o una concepción del mundo. La fraternidad de san Francisco nace de la fe entendida en el sentido genuino del evangelio: la fe que brota del encuentro con alguien, del encuentro con Jesús, del encuentro con Dios, y desde ese encuentro se vive una experiencia de novedad, de confianza en alguien que da consistencia y luminosidad a la vida, entendida desde ese momento como amor, servicio y fraternidad sobre el fondo de un Dios que se experimenta como “amor” y como “cercanía” y que nos empuja a su vida de plenitud y felicidad encarnando en nuestra aventura humana concreta de todos los días ese amor y esa fraternidad. 

 

MIGUEL RIQUELME POMARES

Asesor religioso de la Asociación 


 

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